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En el corazón de la rumba gay
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¡Vaca pa' la pelada de Manizales! |
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Desde Noruega, Ara Solís escribe para GuíaCereza una crónica de viaje donde relata su experiencia en una de las zonas dedicadas al sexo más legendarias del mundo: el “Barrio Rojo” de Amsterdam, en Holanda. Desde su punto de vista personal, Ara nos cuenta lo que llamó su atención en un sitio donde obligatoriamente, todo llama la atención. |
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Dicen que Holanda es uno de los países más liberales y liberados del mundo. Amsterdam, su capital, es considerada la “ciudad de la perversión” en Europa. Para mí, es Hamburgo en Alemania, e incluso hay otras más locas como Budapest, Praga, París, Milán, Tokio, Oslo, Estocolmo –que la llaman “esto es el colmo”- o New York. Pero como “el que carga la fama, carga la lana”, pues entonces hablemos de Amsterdam.
Por: Ara Solís - Oslo, Noruega. Foto-ilustración: GuíaCereza
El famoso “Barrio Rojo”, que se conoce también como “Red Light District”, “Walletjes”, “Rossebuurt”, “De Wallen” o “Rocco Street”, dependiendo de la Agencia de Viajes que te venda el plan y el país de procedencia; posee cuanto show y extravagancia sexual usted quiera ver: actos sexuales en vivo y en directo entre parejas, en grupo, lesbianas, gays, transexuales y hasta, por unos $100 euros ($312 mil pesos colombianos), puedes ver un acto de zoofilia o bestialismo: una mujer con un perro y otra con un caballo.
También, en el “santito” barrio, existen las famosas “ventanitas del sexo” en donde una gran cantidad de jovencitas de todos los colores, tamaños y nacionalidades, se acuestan con el hombre, o la mujer, que pueda pagarles entre $60 hasta $100 euros. (Depende el marrano o la marrana y el carretazo). Como era lógico, y a eso viene el título de este artículo, nos hicimos la pregunta de siempre: ¿Cuántas colombianas trabajan acá?
Antes de continuar con este relato, aclaro que no por que escriba sobre sexo y en una página de temas sobre sexo, quiera decir que yo comparta algunas prácticas sexuales. Quiero dejar claro que me pareció DEGRADANTE ver a tantas mujeres exhibidas como cosas en una vitrina. Y que, por más liberal que se pueda ser, en el país que sea, uno no puede pasar de agache al ver esto. ¡Sexo sí! Muy bacano. Pero respetando la dignidad del hombre, de la mujer y de los animales. Yo no entré, pero un paisa, más mamón que Uribe Vélez por televisión, pagó la plata por ver el show de la mujer con el caballo. Les confieso que tuvimos que sacarlo porque el hombre armó un tropel por las pelas que le daban al pobre animal porque no se le paraba. “¡Pero cómo se le va a parar al pobre pichando todo el hijueputa día!”, les dijo, y se les aventó a la tarima a defender el animal. Llegó policía, llegó gente, llegó Raimundo y todo el mundo. Al caballo se lo llevaron -yo no sé si detenido-, se llevaron la vieja, se llevaron al tipo que lo golpeaba, se llevaron al administrador y se llevaron a mi amigo.
El chuzo ese lo cerraron y estuvimos como tres horas esperando que la cosa se solucionara. Al final, a mi amigo le devolvieron su dinero, al igual que a otros turistas de Finlandia y Suecia que nos acompañaron y que sirvieron de testigos también. Lo que entendimos, fue que el show ese no era tan legal como se creía. Yo no sé. Pero se siente orgullo cuando gente de otro país reconoce lo bueno de la gente de Colombia. Yo sé que allá seguimos maltratando los animales y hasta cerrando las Asociaciones Defensoras de Animales, como la de Medellín. ¡Y matándonos los unos a los otros! Pero ese paisa mamón, cansón, empalagoso, grosero y todo, nos hizo aplaudirlo.
"Cindy", la de Manizales
Fuimos de ventanita en ventanita hablando con cada pelada que veíamos como de Colombia. Y encontramos que sí, que sí habían de Colombia, de Ecuador, de Brasil, de Perú, de Venezuela... ¡Toda América Latina representada en esas putas ventanitas! Como no las dejan hablar mucho rato, “porque se pierde el cliente”, tocó “premiar” al paisa. En el grupo le recogimos la plata que pedía la pelada. Se llamaba “Cindy” –claro que ese no era su nombre real- boba que fuera para decirnos. Pero le hicimos jurar y rejurar al paisa que no se la fuera a comer. Y que ni por el putas la fuera a tocar. Sólo queríamos que nos contara por qué estaba ahí, cómo había llegado y si estaba contenta. ¡No más!
Yo no sé por qué a los paisas les gusta tanto que la gente vea que son paisas. Mi amigo andaba con una cosa colgada, que parecía tener piel de tigre, que le llaman “carriel” y una camiseta del Atlético Nacional. Y cargaba de todo en ese tal carriel. Y ese hablado, que desde un satélite lo pueden distinguir. (Con razón dicen que ninguno de los jefes de la guerrilla en Colombia son paisas).
Le metimos un grabadora, de esas con las que “trabajan” dizque los periodistas. La pelada era de Manizales. Se había venido con una “agencia de modelos”, se llamaba Nelly, y el paisa le sacó hasta el teléfono y el apellido de la familia. Lo que no fue agradable, era que se quería volver para su casa pero no podía. Pues les retienen el pasaporte y les clavan una cuenta de una mano de cosas que ni siquiera ellas saben de dónde salieron. La jornada es extenuante. Si no se la comen no come. ¡Así de sencillo! Las controlan mucho. En su casa, creen que está estudiando modelaje, y de vez en cuando les manda una fotos pichurrias a su familia para que crean que dizque va lo más de bien. ¡Pobrecita!
¿Ir a la policía? Ella no quería. Porque a ella no la tienen secuestrada. Se puede ir cuando le dé la gana, pero tiene que pagar la plata que debe. Tal vez ni le retengan el pasaporte.
Le sugerimos que fuera a un consulado o a una embajada. Hasta le conseguimos la dirección y el teléfono. El “genial” paisa se inventó dizque “una vaca” para recogerle plata para el pasaje. “¡Vaca pa' la pelada de Manizales!” se puso a gritar en media calle (y el grupo rojo de la pena). Con esa labia se fue hasta donde los turistas suecos y finlandeses –les juro que no sabemos hoy qué les dijo- y les sacó plata. Reunimos entre nuestra pobreza franciscana y la donación de los escandinavos como $600 euros (como $800 dólares). Casi nos deja el paisa sin pasaje para volver y sin qué comer.
- “Con esto no la suben ni a una Santra”, dijo el paisa.
-“Paisa, ¿qué es Santra?”, le preguntamos y no nos respondió.
El pasaje hasta Bogotá costaba, aproximadamente, $1.100 euros.
Hasta ahí pudimos hacer por “Cindy” o Nelly. Nos autorizó para llamar a su casa y corroborar que vivía allí y era su familia (tampoco íbamos a rifar el dinero), bajo la condición de no decir cuál era su oficio. De remate nos enteramos que “Cindy” tenía un niño de 7 años. Su madre nos preguntaba que si éramos compañeros de la universidad. Le dijimos que sí. Y que no se preocupara que ella la llamaría, que estaba bien. Que nos había pedido el favor de llamar y mandar saludos. Finalmente, optamos por mandarle la plata con el paisa para que, al menos, pudiera ir al consulado colombiano y pedir ayuda. De verdad nos lo agradeció mucho. Y se quedó ahí, “en la jaula del sexo”, como la puso el paisa.
Teníamos pensado ir a Vondelpark, un parque donde se intercambian parejas y se tiene buen sexo dentro de los vehículos. Pero íbamos tristes, habíamos dejado parte de nuestro corazón con esa joven en esas infames ventanitas de la calle “Rocco”.
+Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen a su autor y no necesariamente reflejan el pensamiento de GuíaCereza.com
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