Hizo de mi vuelo una delicia...
Madrugas. Te preparan un buen desayuno. Nunca se sabe. Sales del hotel al terminal aéreo. El tráfico aprieta. Al llegar, el altavoz dice que hay mal tiempo. Tu vuelo ha sido cancelado. O no hiciste a tiempo la reserva. O, simplemente, te tocó llegar temprano. Tu avión saldrá al mediodía. No hay problema. Respira profundo. Cuenta hasta diez. Suéltate el nudo de la corbata. Observa a tu alrededor. Prende el radar. Examina esta especie estimulante que son las mujeres del aeropuerto.
Seguro empezarás por detallar a la que tiene más clase, delgada, muy elegante, de cabello corto, largo cuello, discreta en público, fiera en la intimidad. La ves pasar una y otra vez. Se da cuenta que la observas, camina hacia donde estás, se sienta adelante. Suspiras, la ves allí donde se apoya para sentarse. Cada cinco segundos revisa su celular, signo claro de seducción agazapada. Toma su bolso de mano, otro aparato de comunicación, habla por él. Te lanza una mirada de oportunidad perdida. Se levanta y emprende el vuelo. Este tipo de mujer suele ser histérica, casada, con hijos, no pierdas tu tiempo y tu dinero. Aunque no te iría mal siendo su amante, pero hay que gastarle muchas llamadas y mails antes de que te acepte una copa de vino.
Luego está la regular bien gracias. Buen frontal - asunto superior - buenas piernas y buenas posaderas. Quizá es su encanto interior, no tan discreto. Ocupa el lugar de la anterior. No se deja ver el cuello, es más común. No pensarías en hablarle a no ser que quieras una revolcada en motel antes de llegar a tu destino. Pero no. Tranquilo. Piensa con la otra cabeza. Puedes acabar arrepintiéndote. Es mejor que guardes silencio. Saca un libro y finge leer. A las mujeres de esta categoría se les espanta con un buen libro. Ni se te ocurra “Juventud en éxtasis” porque estás perdido. Antes de que alcances a ignorarla, ella, digna, se dirige a la librería.
Te levantas. Cambias de territorio. Quieres ir más allá. Exploras la selva. Sobrevuelo. Aterrizas en la chica de la aerolínea. Morena. Buen perfil. Boca generosa, piernas de maratón, antitemblores. Le das lo que buscaba cuando – al bostezar – dejó su pie desnudo, fuera de su zapato. Le picas un ojo. La invitas a los baños. Ella sonríe. Te sigue.
La echas bocabajo contra el tocador. Abres sus piernas. Subes la falda, roja. Bajas sus medias de nylon. Palpas su entrepierna. Sudas. De su raja emana un líquido suave, viscoso, transparente. Lo esparces por los lados. Ingresas tu dedo corazón. Se te para tu instrumento de navegación. Aplicas a fondo tu hombría en la profunda cueva de ella. Golpeas con tu pelvis sus nalgas. Gimes. Ella hace lo propio. Le das la vuelta. Sus piernas en ángulo de 120 grados, hacia arriba, queriendo tocar el techo, queriendo volar. El roce de tu abdomen en su clítoris la hace gritar. Le tapas la boca, te muerde. Te hundes en su caja de Pandora. Aceleras a fondo. Quieres gritar. Pones los ojos en blanco. Bañas su cara en semen.
Ahora sí, sonríe. Disfruta la vida. En casa te esperan tu mujer y tus hijos.
05/05/2010 - 06:30
tiene imaginacion, pero haga un relato real aunque sea un pajazo.
23/05/2010 - 00:32
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