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Relatos y Experiencias

PRIMER POEMA

Le besé el cuello y fui desabotonándole la camisa. Pasé mi lengua por su pecho, bajando por su abdomen definido y llegando a su punto débil, aunque de débil no tenía nada. Lo chaqueteé mientras le besaba el ombligo. Él me acariciaba con mucha dulzura los hombros y la espalda.

Las caricias mutuas, los roces con las piernas, la tensión que iba construyéndose de a poco y ese magnetismo incierto fueron transformándose en cachondez. Apretó mis piernas, hundiendo sus dedos en mi carne y fue deslizando la palma de su mano hacia arriba, debajo de mi falda.

En el faje, sentí su garrote grueso, pujando su bóxer. Lo acaricié con mi entrepierna, que poco a poco comenzaba a empaparse. Estaba dispuesta y con ganas. La piel se me puso chinita cuando comenzó a besarme en el cuello y a lamerme el borde de la oreja, exhalando su aliento tibio.

Pegué mi cuerpo contra el suyo. Terminamos por desnudarnos y nos arrojamos sobre el colchón. Deshicimos la cama y nos metimos bajo las sábanas. Nos empezamos a besar apasionadamente y estrujándonos las ganas para exprimirlas cada vez más. —Cógeme ya —le pedí.

Comenzamos a besarnos. Inclinó su cara hacia mí y puso su lengua en mis labios, como si lamiera miel de ellos. El gesto me prendió en un santiamén. Agarré sus manos, las puse en mis tetas y comencé a acariciarle la entrepierna. Como esperaba, estaba tieso y prensado.

Me bajó la tanga y descubrió mi vagina, dispuesta para él como una jugosa fruta. —¿Te gusta? —pregunté. Asintió. Entonces la acarició. Me besó los muslos, pasando sus labios en torno de mi entrepierna, incitándome a ofrecérmele completa. —Hazlo como me gusta —gemí—.

Sus manos recorrieron mis esquinas, mis curvas, mis puntos más sensibles. Pellizcó suavemente mis pezones con sus labios, y con la punta de su lengua estimuló la cúspide de mis tetas. Se colocó bocarriba y yo me encaramé sobre él con las piernas abiertas.

Me tocó y me puse cachondísima. Agarró mis tetas y las chupo, regodeándose en su redondez. Mis pezones se despertaron y se irguieron. Mis poros se erizaron. ¡Qué caliente estaba! Lo besé mordisqueándole los labios. Él boca arriba, yo me encaramé con las piernas abiertas.

Dejé caer el cabello sobre mi espalda justo cuando lo monte y me clavé su pene tieso. Entonces me penetró, alzando su cadera y agarrándome por la cintura. Lo sentí adentro, duro y firme. Él levantó levemente el torso y me besó, me agarró por las tetas y comenzó a menearse.

Nos besamos apasionadamente, haciendo bailar nuestras lenguas y mordisqueándonos los labios. Podía percibir en sus ganas casi incontrolables de estallar. Nos acomodamos mientras nos revolcábamos entre sábanas, restregando nuestros cuerpos deseosos, ardientes de ganas contenidas.

Él levantó el torso y me besó, me agarró por las tetas y comenzó a menearse. Yo me encontraba montada en él, agitándome mientras me decía cosas lindas: Qué le gustaba, que me veía bien. Arqueé la espalda y encorvé las pompas, en cuya carne él enterraba sus dedos con agarre firme.

Su respiración agitada, sus manos robustas jalándome hacia él con cada arremetida, tensándose. Apreté la sábana, haciendo un par de puños muy fuertes. Comencé a empujar hacia atrás, tragándome su cuerpo con el mío, meneándome para sentirlo más adentro. Entonces llegó el éxtasis.

Fusionamos nuestros cuerpos desnudos. Sentía su pene tieso pujando contra la piel desnuda y fue como si me encendiera o terminara de convencerme de algo que igual estaba más que dispuesta a hacer. Cuando puse mis labios en su pene se transformó rápidamente en una bestia insaciable

Me agarró por la cintura y me alzó sin dejar de penetrarme. Se arrodilló sobre la cama y me jaló más a él. Sin despegarme ni soltarme, comencé a moverme aún ensartada, sintiendo cómo su pene tieso me rozaba por dentro y me colmaba con sus palpitaciones, con su ángulo ascendente.

Mi amante me estremeció los cimientos, imprimiéndole más empeño, taladrándome sin compasión. Podía sentirlo muy adentro, tan duro como un roble, pulsando y a punto de estallar. En eso me agarró fuertemente por la cintura y lo echó todo en un último movimiento devastador.

DANIELA Y OTTO


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