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Relatos y Experiencias

Sentada en mi cama, mirando las luces estelares destellar, casi enviándome un mensaje codificado, me pregunto ¿Qué has hecho conmigo?; cada latido de mi alma está conectado a ti; eres en mi pasión, mi locura, eres un amanecer cálido, sometida el perfume de la mañana, atada a tu ser.

Cada sonrisa que mi rostro esboza es una romántica declaración de mi sentimiento hacia ti. Mi blanca piel adormecida de sensación anhela el delicado rozar de tus dedos, buscando estrepitosamente mi pecho erguido y mis tiernos y expresivos pezones; tienes el don de hacerme sentir feliz, haces que el aire tibio que pasa por mí; encienda y enardezca la maldita lujuria, que atada, encerrada y ansiosa de libertad está esclavizada a tus deseos carnales.

Jamás se hicieron tan eternos los segundos, como aquellos que tardas en posar tus dedos en mi ombligo; por que desde ahí es la ruta ideal a la entrada de mis alteradas pasiones; el calor avasallante de mi sexo es tímidamente sofocado por mis delirantes fluidos; aquellos que no cualquiera es capaz de obtener de una mujer, para ese momento soy una mujer libre, pero esclavizada a tu forma de amar. El delicado sentir de tus dedos atravesando la entrada de mi caliente sexo, en búsqueda de ese rincón orgásmico que solo tú sabes explorar, me inundan las partes de movimientos involuntarios, que al compás del ritmo de tus dedos son la clara muestra que para ese momento estoy sometida a tus deseos y tu hombría, la virilidad percibida de tu miembro palpitante no es más que respuesta natural de un ser dominante ante la sumisa entrega de su próxima bacanal.

Sentirme desnuda frente a ti, es sentirme libre; libre de culpas, de ataduras mentales que me hacen cuestionarme si soy suficientemente bella para ti, pero una rápida mirada a tu viril falo, erecto y listo para llevarme al sin fin de sensación pasionales que solo un buen amante es capaz de hacer sentir. Hace que todos los miedos abandonen mi acelerado pecho, ya dispuesto y entregado al placer de tus caricias. En mi sumisa posición con mi rostro reposado sobre las blancas sabanas y mi sexo, elevado, expuesto y sobre todo ansioso de sentirte en mis adentros, está hay dispuesto para ti. Y así comienza aquel rítmico ataque, casi enloquecido de pasión hormonal, me penetras con fuerza y voracidad, es un instante efímero y sutil, pero esplendido para mí; cuando tu hombría representada en una erección punzante atraviesa la entrada de mi alma y conecta con mis adentros,

Solo anhelo que ese tiempo sea eterno para mí, cuando tu sudorosa pelvis choca con mi acalorado extremo sur, en ese preciso instante mis sentidos se ponen a todo tu disposición, mis ojos me ofrecen un oscuro panorama que no permite distracción visual alguna, mi olfato percibe el perfume de tu masculinidad entre mezclado con mi femenino aroma, ese que te avisa que pronto llegaras al clímax y que tu espíritu y el suyo serán uno solo; mi oído se afina para escuchar mis palabras, para algunas tal vez vulgares, para otras inadecuadas, pero para mí es saber que me estremezco cuando con tosca dulzura me llamas putita, me causan un sentimiento de superioridad, porque como podría ser mujer completa sin ser una puta en la cama. Mi piel, propietaria de mi sentido de la percepción esta adormecido de tus cálidos y varoniles caricias, algunas un tanto agresivas, pero muy deliciosas. Y mi paladar esta expectante del poder saborear el néctar que tu virilidad me provea. Así mi querido hombre, mi amado semental, mi tierno rey y mi carcelero en esta lujuriosa cárcel, logro comprender ¿qué has hecho conmigo?

Me has regalado la oportunidad de sentirme amada, de sentirme plena, me has dado el obsequio de sentirme usada, de sentir que nada puedo sentir; tú me has recordado el placer de ser mujer.


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