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Relatos y Experiencias

Erotismo gota a gota para obtener un placer superior

Erotismo gota a gota para obtener un placer superior

—Satisfacer a una mujer al máximo y disfrutar del placer de lograrlo—

A veces el deseo por el amor prohibido es secretamente compartido por aquellos a quienes con lujuria, o sin ella, deseamos. Y en ocasiones solo necesitamos un elemento catalizador, en el momento y lugar adecuados, para satisfacerlo. Bueno, en realidad esto no es fácil de lograr pero eso fue justo lo que sucedió el día en que la selección de fútbol resultó eliminada en la copa mundo. Qué afortunados fuimos Sonia (mi esposa), nuestros amigos Claudia y Marcelo y, por supuesto, yo. La derrota futbolera representó nuestra oportunidad de llevar a cabo algunas fantasías que todos habíamos mantenido en secreto hasta ese día.

Marcelo, hasta entonces, no había perdido oportunidad para contemplar a mi esposa por detrás. Furtivamente le observaba las nalgas cada vez que los visitábamos. A mí eso realmente me encantaba, de modo que fingía no darme cuenta. Y Marcelo pudo por fin, ese día, apretar las hermosas nalgas de Sonia, bueno y mucho más, como seguramente siempre había querido. Mi esposa tuvo ese día un orgasmo gigante con él. Y Claudia y yo les ofrecimos la mejor sesión de voyerismo que cualquiera hubiese podido desear.

Sonia era mucho más discreta que Marcelo y aunque ella en más de una ocasión también había sorprendido a Marcelo observándola, nunca había hecho comentario al respecto. Más aún, siempre creí que Sonia disfrutaba de ser observada y que prudentemente creaba los momentos para que eso sucediera. Basta con agregar trocitos de madera al fuego para mantenerlo vivo. Recién me confesó que a veces fantaseaba con que en algún momento Marcelo la sorprendiera acariciándola suavemente por detrás y que se aproximara, le soplara suavemente en el cuello, lo lamiera y que lentamente descendiera por él y luego la desnudara. Le excitaba la idea de hacer el amor con él mientras yo estuviese en el baño, el patio, o quizá el balcón. Y ahora debo admitir que esas fantasías de algún modo se intersecaban con las mías.

A Claudia, en verdad, nunca le había notado interés alguno por mí. No obstante, fantaseaba con ella desde que estábamos en la escuela secundaria. Siempre la encontré supersexy; sin embargo, ella jamás había mostrado el menor deseo de por lo menos mirarme o compartir alguna conversación conmigo. ¡Eso me atraía aún más! La búsqueda de lo que parecía imposible. Una ilusión, quizá. Y nunca supe qué, cómo o cuándo decirle. Su cuello hermoso y provocativo parecía decirme «huéleme». Su hermosa espalda y sus hombros con frecuencia desnudos, según vistiera, me decían en secreto «recórreme». De sus nalgas ni hablo porque me tomaría varias horas. ¡Ah!, su cintura. ¡Qué bella! Y sus muslos, ¡qué delicia! Cuando por fin los recorrí con mi lengua el día del partido llegué a unos momentos de tal intensidad sexual que antes solo había experimentado con mi esposa.

Así que, el día aquél del por otros ingratamente recordado partido de fútbol, fue también el día gratamente recordado por Claudia, su esposo, Sonia y yo. Fue nuestro primer encuentro de exploración sexual en grupo. Claudia y Marcelo nos invitaron a ver el partido de la «clasificación», que realmente fue el partido de la no clasificación. Pero bueno, nosotros cuatro, definitivamente clasificamos de modo directo. ¡Y no hemos parado de jugar desde entonces!

A mí, la verdad, poco me gusta el fútbol. O quizá me gusta pero solo cuando juego yo. Si Sonia está viendo algún partido casi siempre me quedo dormido. O me quedaba, porque ahora ella ya no ve fútbol. Prefiere pasar un buen momento con Marcelo. Y yo con Claudia. Nunca rechazamos una invitación de Claudia y Marcelo, ni ellos una de Sonia y Javier (yo). Creo que desde siempre nos hemos gustado y ahora ya no en secreto. Ahora tomamos turnos para compartir nuestra sexualidad.

Ese día, después del tercer gol del equipo contrario, Marcelo decidió que «todo» estaba perdido. La verdad, es que a partir de ese momento todo estuvo ganado. Claudia propuso cambiar de canal. Sonia no se opuso. Marcelo asintió. Yo también.

Y navegando de canal en canal, en uno de aquellos estúpidos programas enlatados, un participante presentó a su esposa, una rubia preciosa y a su compañera, una morena escultural, con ojos de reina y boca de ensueño. Dijo que los tres llevaban cinco años viviendo juntos. A esto comenté: «ah, amigos con beneficios». A lo cual Claudia dijo: «ah, es que con ese hombre, ¿por qué no?». La cara de Marcelo pareció por fin dejar atrás la derrota futbolera y enfocarse en algo mucho más interesante. Esa afirmación de Claudia tomó vida propia. Resplandecía entre su boca y nuestros ojos y oscilaba entre nuestros oídos y cerebros. Nos abrió las puertas a un mundo inesperado de aventuras eróticas. Espontáneamente le pregunté «quieres decir que si él fuera tu esposo lo compartirías con otra mujer?». «Sí», dijo. «Y si yo fuese la morena, me encantaría que la rubia lo compartiese conmigo… con tal de poder estar con él», agregó. Y Sonia añadió enseguida «ah, yo también quisiera ser la morena… o la rubia». «¡Bravo!, yo también» replicó Claudia sin dudar y chocando una vez más el cristal de su copa con el de la de Sonia.

¡Eureka! Con una sola llave acabábamos de abrir dos puertas. «¡Qué interesante!» exclamé. Pero antes de eso he debido abrir los ojos y la boca por un instante eterno causando una sonrisa pícara de Sonia. Marcelo parecía estar tratando de poner sus ideas en orden. Tenía la cara de quien quiere proponer algo pero prefiere que sea otro quien se atreva.

Instintivamente todos habíamos buscado dar un sorbo a las bebidas que Marcelo había servido minutos antes del tercer gol. Sonia casi escupe el sorbo de Chardonnay cuando dije: «muchachas pues ninguna está casada con él, lo están con nosotros, ¿nos compartirían?».

Nunca voy a olvidar la expresión de Marcelo, los ojos le brillaban como solo le había visto brillar cuando gritaba «gol». Ellas abrieron los ojos y se miraron. Intercambiaron una sonrisa, separaron sus hermosos labios pero parecían esperar a que fuera la otra quien tomara la iniciativa para responder. La responsabilidad parecía ser grande. Y me adueñé del momento en beneficio colectivo: «veo que ninguna ha dicho que no». Y Marcelo por fin pudo dejar atrás la sorpresa y anotar un verdadero gol. Dijo, «eso significa que sí». Y yo, levantando mi copa de Grand Chablis, propuse un brindis por «algo muy grande que creo que está a punto de suceder». Claudia y Marcelo levantaron sus copas de Cabernet Sauvignon. Y Sonia y yo las chocamos con decisión y delicadeza con nuestras copas de vino blanco. La misma decisión y delicadeza con que minutos más tarde estaríamos compartiendo nuestros cuerpos con nuestros amigos.

Transcurrieron tal vez cinco segundos silenciosos. Jugueteé con mi sorbo de Chablis mientras imaginaba saborear los labios, los pezones y el clítoris de Claudia y me encantaba la idea de que Marcelo hiciese lo mismo con mi esposa.

«Chicas, ¿me equivoco si afirmo que ambas estarían dispuestas a compartirnos con la persona correcta?» Después de un par de segundos Claudia fue la primera en afirmar «tal vez no te equivoques, yo sí estaría dispuesta…». Y Sonia dijo enseguida «yo también, yo te compartiría con la persona correcta». Marcelo y yo nos miramos. Todos nos miramos. Era evidente que habíamos «clasificado». Estábamos listos para la primera ronda. Y queríamos comenzar a marcar goles. Y sabíamos en que arco queríamos meterlos. Yo, aunque no sé mucho de fútbol, sabía que bola tenía en mente. Una muy buena bola. Y al fin, me atreví a hacer el primer pase. ¿O sería el segundo?

«Marcelo, parece que Claudia estaría dispuesta a verte con otra, o a estar con otro quizá… ¿qué opinas de eso?», me atreví a decir. A lo cual él replicó con una sonrisa casi malvada, «me gusta la idea».

«Y eso significa, supongo, qué estarías dispuesto a verla con otro también», agregué. «Sí», fue su respuesta. Sonia añadió «sería bueno comprobarlo». Sin esperar más, le pedí a Claudia que se levantara de su asiento y lo hizo. «Da un paso al frente», pedí. Y lo hizo. La observé. ¡Qué belleza! Me levanté. Me paré tras de ella. Me acerqué tanto como pude, muy despacio, hasta casi tocarla. Acerqué al máximo mi nariz a su cuello, al tiempo que observaba la reacción de Marcelo. No quería arriesgarme a recibir una tarjeta amarilla. Luego, me acurruqué, rocé su minifalda y comencé a recorrer sus piernas desnudas de abajo a arriba con mis manos abiertas, acercando mis dedos a su piel tanto como pude. En algún momento rocé uno de sus muslos accidentalmente. Muy cerca al borde de su minifalda. Y seguí con mis manos abiertas una por delante y otra por detrás. A la altura de su vulva y nalgas simulé masajes eróticos con movimientos alternativos hacia arriba y hacia abajo. ¡Qué hermosa le quedaba aquella blusa pegada al cuerpo! Al llegar a sus senos, abriendo y cerrando mis puños, simulé apretarlos por completo. Y, luego, muy cerca a aquellos pezones que parecían haber crecido al tamaño de uvas, hice algo similar con mis índices y pulgares… Y seguí hacia arriba.

La aceptación de ella y la de Marcelo y Sonia eran ahora evidentes. Nada podría detenerme ya. Acerqué mi boca a la suya. Me lamí los labios. Luego humedecí los de ella. Los recorrí con mi lengua un par de veces. Sentí la punta de su lengua salir al encuentro de la mía. Su respiración estaba un poco agitada. La mía también. Algo parecía estar a punto de romper mis calzoncillos. Levanté la mirada por unos segundos. Observé a Marcelo. A él parecía sucederle exactamente lo mismo que a mí. Sonia seguía mis movimientos con atención. Alguien había apagado ya la televisión.

Me posé detrás de Claudia de nuevo. Miré a Sonia una vez más. Se veía muy tranquila e interesada. Acerqué mi mano izquierda a los rizos de cabello negro de Claudia. Vi mi reloj. El indicador de pulsaciones mostraba 85 o 95. Lo he olvidado. Lo que no he olvidado es que decidí que aún si no me gustaba el fútbol era tal vez la hora de marcar el primer gol. No quería tener que ir a definir desde el punto penal. En ese momento, sentí la primera gota salir de mi pene. Miré a Sonia, vi que apretaba las piernas, se mordía los labios con suavidad y miraba con gran atención. Marcelo no dejaba de mirar. Y al igual que Sonia, también apretaba las piernas. No, lo digo mal, apretaba una y otra veces uno de sus muslos, ligeramente más levantado que el otro, contra su pene evidentemente erecto. A partir de ese momento concentré toda mi atención en Claudia. La tomé del cabello por detrás. Esta vez con mi mano derecha. Le masajeé el cuero cabelludo. Ella dejó escapar un pequeño gemido, casi imperceptible. Estreché mi pecho contra su espalda y mi pene contra sus nalgas. La temperatura ha debido subirme un montón. Quería correr a bajarle unos cuatro grados de temperatura al termostato pero no quería terminar sentado en la banca. Con mi mano izquierda la tomé por la cintura desde atrás y deslicé con suavidad un par de dedos bajo la pretina de su minifalda. Un par de centímetros. Y ella gimió suavemente de nuevo, mientras yo seguía goteando. Con un movimiento muy rápido, cual felino lanzando un ataque a su presa llevé mi mano derecha a su pecho. Ella gritó. Esta vez fuerte. Su corazón latía con agitación. Y el mío, no debía estar muy lejos de alcanzar su ritmo también. Más de 100 según mi reloj… Y los ritmos de Sonia y Marcelo debían estar siguiendo la jugada desde muy cerca.

Suavemente recorrí su pecho y vientre con ambas manos. Giré un poco y quedamos de frente a Marcelo y casi de frente a Sonia. Suavemente bajé mi mano izquierda hacia su vulva y mantuve la derecha alternando entre sus senos, apretándolos, pellizcando sus pezones, ahora por debajo de la blusa y con mi mano izquierda apretaba su vulva por encima de la mini. Y poco a poco, bajé hasta encontrar sus muslos desnudos y deslicé mi mano hacia arriba por debajo de la minifalda. Y apreté. Y apreté. Y apreté. Marcelo y Sonia estaban cada uno en su propio éxtasis individual. Yo, seguía apretando desde atrás a Claudia contra mi cuerpo mientras que apretaba su vulva, masajeaba su clítoris en círculos suaves y sostenidos y apretaba sus senos y besaba y lamía su cuello. Ella buscaba en ese momento mi boca con la suya. Y nos lamimos los labios y jugueteamos con nuestras lenguas. Y suavemente le introduje un dedo en la vagina y la penetré poco a poco. Y mantuve otro de mis dedos en su clítoris. Y luego de un momento introduje otro dedo y paulatinamente aumenté el alcance y la rapidez de mis movimientos. Y así estuvimos por varios minutos. Completamente mojados para entonces…

Me quité los zapatos con los pies y los empujé bajo el sofá. Enredé un dedo bajo el cordón de su tanga y la deslicé hacia abajo. Libre de la anchura de la cadera y muslos de Claudia descendió hasta sus rodillas y un instante más tarde cayó a sus tobillos. Claudia se liberó de los tacones y con el pie izquierdo mandó la tanga a servir de compañía a mis zapatos. Me desabroché el pantalón, bajé la cremallera y con algo de dificultad me lo quité al tiempo con mis calzoncillos. De alguna manera alterné lo que hacía con mis brazos. En todo momento tuve uno dedicado a Claudia y el otro a aquellas prendas que comenzaban a convertirse en confidentes indeseados.

Por un buen rato me mantuve con el pene apretado contra sus nalgas, mientras que con las manos trabajaba disciplinadamente para atender a mi amante. Apretaba sus senos, acariciaba su vulva. No sé en qué orden ocurrió el resto pero en poco tiempo estuvimos casi completamente desnudos. La despojé de la blusa y el sostén y me deshice de mi camisa. Sudando dimos rienda suelta a nuestros deseos y servimos a nuestros esposos un espectáculo que habría sido la envidia de cualquier voyerista. Disfrutaba al saber que ellos veían todo lo que hacíamos. Todo, excepto lo que yo hacía con mis dedos en la vulva de Claudia. Y así nos mantuvimos hasta que luego de un largo rato le subí la minifalda hasta la cintura, introduje mi pene entre sus piernas y comencé a frotarlo contra la parte baja de su vulva.

Sonia había comenzado a introducir los dedos bajo sus prendas íntimas y a masturbarse. Marcelo se apretaba el pene una y otra vez por encima del pantalón. Era solo cuestión de tiempo para que estuvieran uno encima del otro. Creo que no lo hacían solamente porque tenían un interés bastante alto en el desenlace del largo metraje erótico al que tenían la suerte de asistir por vez primera. Ver a sus esposos disfrutando del sexo al máximo con otra persona. Parecían transportados a otro mundo. Un mundo de sensualidad que había de repente traído a la realidad sueños y fantasías, ficción y no ficción, amigos y amantes y los había puesto a danzar frente a ellos. Y así, entreteniendo a nuestras parejas, habíamos llevado nuestra sexualidad a las cimas de los picos más elevados de las cordilleras del mundo erótico. Claudia había tenido ya múltiples orgasmos. Yo, yo… yo ya llevaba mucho tiempo retardando el momento de penetrarla ya no con mis dedos sino con mi pene. Finalmente le quité la minifalda. No recuerdo que hice con ella. Me quité el reloj. Solo recuerdo que para entonces tenía más de 150 pulsaciones. Recorrí todo su cuerpo con mis manos y boca una y otra vez. Ella, por momentos parecía gritar con su cuerpo «penétrame ya, de una vez por todas, Javier» pero del mismo modo en que llegábamos a los picos más altos de la cordillera, disfrutábamos del inmenso placer de descender hasta los puntos medios de las montañas del deseo. Solo para un momento después volver a escalarlas.

Me acurruqué y besé y apreté sus nalgas como si tuviese todo el resto de mi vida para hacerlo. Recorrí con la lengua de arriba abajo la unión de sus nalgas. A medida que bajaba mostraba más sensibilidad. Recorrí del mismo modo el borde de las nalgas. Aquella zona en donde dejan de ser ellas y se convierten en muslos. Y poco a poco me acerqué al punto de encuentro de ambas nalgas y muslos. Y allí tuve mi lengua por un largo rato. Luego me puse frente a ella y la giré para que su cuerpo se mostrara casi de perfil a mi esposa y a su esposo. Le lamí las uniones de los muslos con las caderas y de estas con los genitales. Recorrí sus labios mayores, sus labios menores, su clítoris, una y otra y otra vez más. Introduje mi lengua en su vagina. Primero suave, luego un poco rápido. Después más rápido aún, siguiendo lo que su cuerpo me contaba con ese lenguaje secreto que de algún modo conocíamos al parecer desde siempre. No hubo palabras. Solo movimientos. Siempre me dijo de ese modo qué, cómo, cuándo y dónde lo quería.

Finalmente nos tumbamos en la alfombra. Y allí continuamos exactamente en el capítulo en donde íbamos. Una y otra vez Claudia llegó al clímax. Y luego, encima de ella, la besé repetidamente. La besé apasionadamente, como antes solo había besado a Sonia. Nuestros cuerpos desnudos se apretaban uno al otro. Pecho con pecho, vientre con vientre, pubis con pubis, nos besábamos apasionadamente, entrelazábamos nuestras piernas... Le lamía, besaba, acariciaba, succionaba, mordía los pezones. Recorrí todo su vientre de arriba a abajo con mi boca. Una vez más. Ella gemía y por momentos gritaba. Y seguí bajando y dejé que mi lengua llegara a su clítoris, a sus labios mayores y menores completamente visibles. Sí, ¡una vez más! Lamí de abajo hacia arriba, suavemente al principio, más rápido después, haciendo presión luego y siguiendo los movimientos que ella ahora hacía llevando la iniciativa. Estábamos releyendo ese capítulo. ¡Sin vergüenza! Y poco a poco me indicó de nuevo la intensidad que le gustaba y nos mantuvimos así no sé por cuánto tiempo. Me levanté y la besé apasionadamente una vez más. Por momentos, parecía que ella me fuera a arrancar la lengua, o yo a ella la de ella. Con el pene le masajeaba el clítoris y los labios mayores y menores. Luego, ella se levantó y me practicó el sexo oral por no sé cuánto tiempo... Siguió mi misma estrategia: primero suave, y luego rápido. Acarició, masajeó, succionó. Siguió con la punta de su lengua todo el contorno de mi pene, mi escroto, mis muslos. ¡Qué delicia! Eyaculé en su boca. ¡Fue muy rápido! Después de todo lo anterior, no pude resistir por mucho tiempo más. Tuve un sentimiento de culpabilidad momentáneo. Ella sonrió. Sonia también sonrió. Marcelo estaba demasiado excitado para poder hacerlo. Estaba, creo, conteniéndose para no eyacular también. A pesar de no haber tenido contacto físico con Sonia, estaba muy cerca a aquel momento en que basta un poco de estímulo para liberar hordas de espermatozoides clamando por libertad, por ir a la loca carrera que los llevará al final de su corta existencia.

Nadie habló. Sonia se acercó a Marcelo y poco a poco comenzaron a acariciarse en los muslos, pecho y espalda. Mantenían, sin embargo, la vista atenta a los movimientos de Claudia que en ningún momento había dejado de acariciarme suavemente el pene, el escroto y toda la zona que los rodea. Con sus dedos y luego con su lengua de nuevo. Me lamió, me succionó, me llevó de un estado en que tenía en medio de su boca al que parecía ser un caído en batalla a otro estado en el que tenía dentro de ella un cañón de un material seguramente muy fuerte, dispuesto a batallar de nuevo, dispuesto a disparar su contenido una vez más pero ahora seguramente dentro de la protección de otra zona de su cuerpo, que ella seguramente estaba dispuesta a proporcionar para no dejar escapar fuera de su cuerpo los proyectiles producto de nuestra pasión.

Finalmente, se puso en cuatro patas y desde atrás comencé a darle golpecillos en las nalgas con mi pene. Y poco a poco me acerqué a la vulva y la penetré desde atrás frente a su esposo. Frente a mi esposa. En algún momento Sonia dijo «¡ay!, ¡estoy completamente mojada!» Todos nos reímos. Claudia se tumbó de espaldas en la alfombra. Golpeé su clítoris por un momento con mi glande, recorrí sus labios mayores y menores con él y al cabo de un momento comencé a penetrarla de nuevo. Sonia, por momentos le practicaba el sexo oral a Marcelo y él a ella. A veces recorrían la boca del otro con sus lenguas. Pero lo que parecía seguir captando la mayor parte de su interés éramos nosotros. Y ellos habían comenzado a captar la mía.

En cuanto Claudia alcanzó el siguiente orgasmo la penetré de nuevo. Suavemente. Gimió más que como lo había hecho antes. Marcelo y Claudia una vez más disminuyeron la intensidad de sus juegos cuando saqué mi pene y lo llevé una vez más a la boca de Claudia. Fue maravilloso. Me volteé y le di una vez más el máximo de placer que podía proporcionarle llevando mi lengua a su clítoris, con movimientos circulares de intensidad variable. Luego, una vez más, en posición de misionero, mientras nos besábamos apasionadamente, la penetré por un tiempo, alternando movimientos lentos y moderados con profundidad escasa, media y total. De vez en cuando iba tan profundo como podía y me quedaba dentro de ella. Observaba su cara. Sus ojos preciosos que por momentos abría y luego cerraba de nuevo. Cuando me convencí de la inminencia de la siguiente descarga y decidí llevar a término mi sesión de pasión con Claudia aumenté la velocidad al máximo. Los gemidos y gritos de Claudia ahora alcanzaban un nivel máximo. Uno que solo pudo ser superado, esta vez, por el nivel de los míos. Y también vi estrellas, temblé, se me cerraron los ojos, me dieron vueltas dentro de sus órbitas oculares, apreté a Claudia tanto como pude y descargué dentro de ella todo lo que tenía. Sonreímos, nos miramos, nos acariciamos y luego reímos y descansamos.

Sonia y Marcelo se nos unieron por un momento. Sonia me acarició y Marcelo acarició a Claudia. Después de intercambiar algunas miradas entre todos Sonia volvió a acariciar Marcelo en el pecho, los muslos, el pene. Y él comenzó a succionarle los pezones y a penetrarla con los dedos. Y poco a poco encontraron su lugar en el tapete y nos dieron un espectáculo similar al que les habíamos dado a ellos. Claudia y yo nos mantuvimos abrazados, entrelazando las piernas y acariciándonos suavemente la mayor parte del tiempo. Al poco rato Marcelo estaba eyaculando dentro de mi esposa y brindándome de ese modo un placer que hasta el momento desconocía. Y así como Claudia y yo, al cabo de un momento, cuando Marcelo estuvo listo con la ayuda de Sonia, repitieron. Y vi llegar a mi esposa a varios orgasmos chicos y a un superorgasmo final. Decía: «sí, sí, sí, así Marcelo. Más, sí, sí, así por favor…»

¿Por favor? No voy a olvidarlo. Sí, por favor… Al principio le susurraba pero a medida que su placer y deseos y los de Marcelo aumentaban una vez más en intensidad, sus susurros se volvieron gritos. Y así, «sí, sí, sí, así Marcelo. Más, más, más, sí, sí, así por favor, métemelo todo. Déjalo adentro un momento. Sí, así, ahí. Aaah… sí, sí, sí, así… Ahora solo la punta… Oooh sí, qué delicia…» nos llevaron a Claudia y a mí a otro orgasmo más. Solo que de un tipo diferente. Todavía estoy tratando de entender esa gran capacidad que todos tenemos de llegar al máximo de placer no solo con nuestra pareja sino con la de algún otro y compartir juntos de esos momentos magníficos que pueden darse al ver a nuestra pareja llegar del mismo modo al máximo con otra persona.

Al anochecer, cansados pero inmensamente satisfechos, Sonia y Marcelo se quedaron dormidos, abrazados uno al otro, mientras que Claudia y yo nos acariciábamos y besábamos como nuevos amantes para luego unirnos a nuestros esposos en el mundo onírico en dónde quizá seguimos teniendo sexo toda la noche. Del fútbol, por cierto, no se volvió a hablar. Y esto solo comienza.

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